Ya no

Ya no pienso en gente de otras épocas

En la niebla cubriendo las torres de la catedral

Escondiéndolas, como tesoro que son

Haciendo que sólo las vean los que saben mirar

 

Ya no imagino historias de transeúntes

Que viven absortos en sus propias luchas

Ligeramente enrevesadas, o no

Subjetividad presente y futura

 

Ya no me presiento triunfando

Conociendo gente bondadosa y desinteresada

Tirando los egos a la basura

Centrándome en la bondad

 

La majestuosidad se ha ido de mi mente

Siento un cerebro corrupto y desconfiado

Veo enemigos por todos lados

Atrapados en un mantra;

codicia presente y futura

 

Olas de acciones con segundas intenciones

Yo ya no tengo ni primeras

La niebla cubre la majestuosidad

Y ya no tengo tesoros

ya no.

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Distancias

He visto lo que hacen y por eso no me fío

No quiero problemas, no quiero más líos

Quiero cuatro perros y una casa al lao’ de un río

Autoestima, fortaleza, mis seres queríos’…

Cómo deciros que estoy fuera

que no me enredan

Competiciones de atención…

“Mírame, merezco la pena”

Pensando en mi conservación

Mental y duradera

Pongo la mente en escapar y en ser como quisiera

Y por amor yo lo doy todo pero sin barreras.

No hablo de utilidad que eso ya no lo niego

Hablo de desorientación y mundos paralelos

Que te haga falta aceptación de un par de borregos

Y dejes de vivir pa’ ti y vivas pa’ ellos.

Artificios

 

Parque temático de sentimientos

Miedo de subirme a la atracción

y descubrir

Que en mi sólo hay veneno

Miedo de bajar y descubrir

Que no hay entendimiento

Yo pongo las dos manos, los pies y el corazón

Por si llega el día aciago

Y las dudas cambian de bando

La bondad se mantendrá, siempre lo hará

Pues el adverso del amor es el ego

Y el homólogo de afecto, sinceridad.

 

No quiero habitar en una calculadora

De acciones programadas

individualidad hospedadora

y más táctica que ternura

Yo no vendo el oso

Porque no quiero cazarlo

Más miedo me dais vosotros;

sois osos disfrazados.

 

Cerrazón

 

Qué acojone lo efímero y qué utopía lo eterno

Que no soy yo si no tiemblo

Y pienso en lo negro cuando no entiendo

Pero ya no, retando al tiempo

Viviendo lento

Cogiendo nervio

Puedo con ello.

 

Voy a barrer las ostentaciones

Voy a correr si me apetece

A no culparme por errores que no me pertenecen

Ya no entiendo a los fanáticos

Yo me centro en soslayar

Pesadillas de rostros ojipláticos

y de puertas cerrás.

Percutir

 

Cuando la brújula se rompe y el reloj se para

Nada importa

Sin agujas que te acusen ni números que te ordenen

Saturno que poco muerde

Y ya sólo importan los ciclos y las nubes

Los ríos y las cumbres

Salvar a los nadie

Castrar a los todo

Beber de la rabia

Saber controlarla.

 

Y si el Sol me susurra y me incita a ascender

La cera es fundible, firmes mis pies

Salto los muros y abro camino

Ícaro, Ícaro, busca el sentido…

He decidido que soy yo a quién cuido.

Seres elevados

Existe cierta categoría de seres que podríamos considerar como superiores. Se mezclan entre los campechanos sin mirarles a los ojos, comen de su alimento y beben de su cerveza porque lo merecen y no como consecuencia de ninguna gratitud. Los elevados leen el periódico cada mañana, orgullosos de poder descifrar lo que oculta cada noticia, orgullosos de saberse poseedores de la verdad, de mirar más allá. ¿Cómo existe gente que se cree todo esto? Ellos no. Tampoco actúan con condescendencia pues no actúan para nadie que no sea su propia mente, y está claro que a eso nadie lo llamaría actuar. Avanzan por el tiempo con cierta desidia por no encontrar a ningún igual, porque no, no existe igual alguno, la prominencia no la otorga el hado. No existe pluralidad en el idioma elevado; si no lo hablas, desciendes. Eso incluye a los sentimientos, donde funcionan al revés; simplifican, no hay nudos, pues viven ajenos a los demás, inmersos en subterfugios y autoexculpaciones. Incluso en literatura, escriben sin margen a error. Si el error llegase a ocurrir no existiría más que en el intérprete, que tendría que actualizarse para poder entrar en el Olimpo de la certeza, ese que está reservado a unos pocos.

Si algún día tuviese la fortuna de poder ser escuchado por uno de estos organismos no sabría qué decirle.